TRISTE ES LA SOLEDAD, ALEGRE LA COMPAÑÍA; LA TUYA SERÁ PERFECTA SI TE ACOMPAÑA MARÍA.

lunes, 13 de junio de 2016

88.- EL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA


 4 DE JUNIO 
Corazón Inmaculado de María
  "María conservaba todo en su corazón” (Lc 2,51)
Esta breve frase resume a la perfección la actitud de María ante los acontecimientos de su vida. No lograba entenderlos, pero no los rechazó sino que los aceptó y guardó en su corazón. ¡Qué corazón tan grande para dar cabida a tantos y tales sentimientos!


¿Quién era María?
María era una piadosa y sencilla doncella que vivía en Nazaret; “desposada con un varón de nombre José, de la casa de David” (2,27).
¿Qué significa desposada? María era un doncella prometida a José, pero aún no se había celebrado el matrimonio, es decir, la novia no había sido conducida a la casa del novio, acto que marcaba el inicio del matrimonio. Entre el compromiso de unión (esponsales) y el matrimonio transcurría un tiempo, más o menos largo según las circunstancias. En este intervalo María fue visitada por el ángel Gabriel.

RECUERDOS QUE MARÍA GUARDÓ EN SU CORAZÓN
Siguiendo los Evangelios, he aquí los recuerdos atesorados celosamente:

María fue elegida por Dios para que el Verbo Eterno tomase carne en sus entrañas. Ella no lo sabía, se enteró cuando el ángel le dijo: “Salve, llena de gracia, el Señor es contigo... concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús” (2, 28.31)
Y María conservó todo en su corazón”.

LA ENCARNACIÓN
María prestó su asentimiento: “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra” (2,38) En ese instante se realizó la ENCARNACION del Verbo en su seno virginal.
Y María “conservó todo en su corazon”.

María visitó a su prima Isabel y, llenas del Espíritu Santo, se felicitaron mutuamente. Isabel clamó:¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! (2,42) y María respondió con el canto del Magníficat (2, 46-55).
Y María “conservó todo en su corazón”.

El Nacimiento y primeros años de Jesús
Cumplidos los días del parto, María dio a luz a su hijo (2, 1-7), presenció la adoración de los pastores (2,8-20) y de los magos (Mt 2,1-12); la huida a Egipto (Mt 2,13ss); la circuncisión del Niño (Lc 2,21); la presentación en el templo (2,22); el encuentro con el anciano Simeón (2,25-25) y con la profetisa Ana (36-38).
Y María conservó todo en su corazón”.

La pérdida del Niño Jesús en el templo
Jesús crecía y se fortalecía lleno de sabiduría” (2,40), cuando tenía doce años fue con sus padres a Jerusalén para celebrar la Pascua, y “al volverse ellos.. el Niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo advirtiesen” (2, 43), “le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores” (2,46), sorprendidos, le preguntó su Madre: “Hijo, ¿por qué has obrado así con nosotros?... Él les dijo: ¿Por qué me buscábais? ¿No sabíais que debo ocuparme en las cosas de mi Padre? Ellos no entendieron lo que les decía” (2,48-50).
Hasta el comienzo de la predicación de Jesús, los evangelios son muy parcos en noticias sobre María. San Lucas se limita a decir: “Bajó (Jesús) con ellos y vino a Nazaret, y les estaba sujeto, y su madre conservaba todo esto en su corazón” (2,51).
San Juan en el relato de la boda de Caná dice que “estaba allí la madre de Jesús” (Jn 2,1), hay que notar que no dice el nombre de María porque se trata de un relato en el que se hace patente la misión para la que había sido enviado por el Padre.
Los tres sinópticos, hablando de los parientes de Jesús, dicen “su madre y sus hermanos” (Mt 12,46; Mc 3,31 y Lc 8,19), sin designar tampoco a María por su nombre.
Y María conservó todo en su corazón”.

Pasión y muerte de Jesús
Ninguno de los evangelistas cita explítamente a María cuando relata la pasión de Jesús hasta su crucifixión. Cuando Jesús ya había expirado sobre la cruz, mencionan a las mujeres que le acompañaban: San Mateo dice: “Había allí, mirándole desde lejos, muchas mujeres..” (27,55). San Marcos dice que “había también unas mujeres que le miraban de lejos” (15, 40).
Aunque no lo digan ni San Mateo ni San Marcos, sabemos por el evangelio de San Juan, que María estuvo al pie de la cruz de Jesús: “Estaban junto a la cruz de Jesús su Madre y la hermana de su Madre, María la de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su Madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a la Madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Luego dijo al discípulo: He ahí a tu Madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19, 25-27) .
Este es para María el momento supremo de dolor por la pérdida de su Hijo, pero también el instante supremo de esperanza. Ella siempre ha vivido de la fe, de la confianza en el Dios que cumple sus promesas y su corazón dolorido le dice que no todo está perdido, que espere y confíe. Es la hora de la entrega a la voluntad del Padre.
María repite en su corazón las palabras de asentimiento a la voluntad de Dios: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra” (Lc 2,38). Tras la conformidad, espera, confía y.... guarda todo en su corazón”.

La piedad cristiana siempre ha visto en las palabras dichas por Jesús a su Madre: Mujer, he ahí a tu hijo” y las dichas a San Juan: “He ahí a tu Madre”, la relación materno-filial espiritual entre ambos. María vio en San Juan el representante de todos los hijos de Dios, desde aquel instante nos amó con amor de Madre, con el mismo corazón que amó a su Hijo Jesús. La relación materno-filial se hace extensiva a todos los que hemos sido elevados a la dignidad de hijos de Dios (Rom 8,14-16) y María extiende sus cuidados maternales a todos los hijos del Padre celestial por la adopción en Jesús

María Madre de la Iglesia
Nada dicen los evangelios, pero se supone que María fue la primera que vio a Jesús Resucitado. Después siguieron la aparición a María Magdalena y a los apóstoles. Fueron días de intensa conmoción, mezcla de alegría por la resurrección de Jesús y de miedo a los judíos. La Virgen María se reunía con los apóstoles y discípulos de Jesús para orar. En una de estas reuniones, “quedaron todos llenos del Espíritu Santo” (Ac 2,4). En ese día de Pentecostés nació la Iglesia y María se convirtió en Madre de la Iglesia.

María abre su corazón de Madre espiritual y derrama sus bendiciones sobre sus hijos
Concluida su etapa terrenal, María fue asunta al cielo, donde goza de la plenitud de Dios e intercede por sus hijos espirituales. Su misión de Madre espiritual la convierte en Mediadora ante su Hijo. Jesús concede su bendición y su gracia a los que se encomiendan a María y Ella está siempre a la espera de recibir los ruegos y confidencias de sus hijos espirituales.
María es la Madre con un corazón lleno de ternura que cuida a sus hijos dispersos por el mundo. Este es el Corazón Inmaculado de María, corazón de carne y símbolo del inmenso amor que María como persona siente y profesa a sus hijos espirituales.
La devoción al Corazón Inmaculado de María nos induce a tratarla con sencillez y confianza, con la misma sencillez y confianza de los niños pequeños hacia sus madres. Nadie mejor que la madre para guiar, aconsejar y consolar a sus hijos, nadie mejor que María, nuestra Madre celestial, para guiar, aconsejar y consolar a sus hijos adoptivos en nuestro caminar hacia la casa del Padre.

La Fiesta del Inmaculado Corazón de María
Fue San Juan Eudes quien promovió la celebración litúrgica del Inmaculado Corazón de María de manera pública y por primera vez, el 8 de febrero de 1648, tuvo lugar en la catedral de Autun (Francia). En diferentes ocasiones, diversas personas y grupos religiosos, especialmente los Misioneros del Inmaculado corazón de María, fundados por San Antonio María Claret, pidieron a la Santa Sede la aprobación de esta fiesta para toda la Iglesia.
Consagración del mundo e institución de la fiesta
El 31 de octubre de 1942, el Papa Pío XII consagró la Iglesia y el género humano al Inmaculado Corazón de María, y el 4 de marzo de 1944 decretó que toda la Iglesia latina celebrase la fiesta el 22 de agosto. La renovación litúrgica ha cambiado la fecha pasando a celebrarse el sábado siguiente a la del Sagrado Corazón de Jesús que tiene lugar el viernes de la segunda semana de Pentecostés.

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