El concilio Vaticano II, en
Pablo VI, en la exhortación apostólica Marialis Cultus, apoyándose en el Vaticano II, hace un inventario de la reforma litúrgica romana y pone en evidencia el puesto que María ocupa en los nuevos textos litúrgicos, guardando un perfecto equilibrio entre el maximalismo oriental clásico y el minimalismo protestante.